1 de novembro de 1994

Marx no século XXI

James Petras

Punto Final

El colapso del colectivismo burocrático significa la legitimación definitiva del marxismo como teoría y práctica política. Por otra parte, la prolongada estagnación [1] — sin precedentes históricos — valida su crítica al capitalismo. Sin embargo, son muy preocupantes los problemas que enfrentan los marxistas hoy y en el futuro próximo. “La crisis del marxismo— tal como se discute hoy— es una crisis de nervios de los intelectuales”. Es la capitulación de los antiguos izquierdistas ante la — aparentemente — invencible presencia y los triunfos político – militares del capitalismo. Los ex izquierdistas están traumatizados por su visión negativa. El mercado está en todas partes, las reglas de la banca mundial se imponen por doquier, las clases trabajadoras industriales están en retirada o en franca declinación, la Organización de Naciones Unidas se convirtió en una fuerza de policía mundial al servicio de Estados Unidos y Europa Occidental. Enfrentados a esta visión apocalíptica, los ex izquierdistas deciden que es mejor actuar desde el mercado [2], para manipular las reglas de los bancos y hacer de la necesidad una virtud, uniéndose al coro que condena la intervención del Estado y la lucha por el poder, para abrazar limitadas identidades culturales como centro de la actividad militante. En una palabra, giran hacia el “posibilismo”, en la esperanza de que pintando una máscara sobre el Moloch, su codicia pueda ser dominada a través de un pacto social capitalista–humanista. El “quiebre nervioso” tiene sus raíces en el fracaso de la izquierda en resistir las presiones ideológicas provenientes de los medios de masas y de los Estados, así como también las de sus “intelectuales de uniforme” orientados a identificar el marxismo con los regímenes burocrático–colectivistas. Muchos, especialmente en la izquierda, tienen la percepción de que el colapso de los regímenes burocráticos–colectivistas refleja el “fracaso” del marxismo. Este punto de vista ha permeado movimientos sociales y políticos en todo el mundo y también ha debilitado a toda la izquierda, incluyendo a aquellos que no comparten esa visión. Esta percepción ha llevado a defecciones hacia políticas liberales y movimientos sectoriales reformistas y ha reducido el debate, provocando desmoralización y desorientación en los movimientos populares.

En segundo lugar, en la medida en que partes sustanciales de la izquierda, incluidos sectores no comunistas, dependían materialmente de los regímenes comunistas, el derrumbe de éstos socavó la voluntad y la aptitud de la izquierda para actuar fuera de los parámetros del capitalismo mundial. En tercer lugar, la clase política de Occidente y los dirigentes ex stalinistas en el Este, monopolizan los medios de comunicación y los debates acerca del significado del colapso del stalinismo, identificando la ideología comunista estatal con el marxismo. Han tenido éxito en convencer a la gente y a los intelectuales de la verdad de su ecuación (colapso del stalinismo = fin del marxismo) y por eso las tareas de esclarecimiento y diferenciación del marxismo con el stalinismo se han hecho infinitamente más difíciles. Por estas razones, al contrario de lo que creyeron muchos marxistas antistalinistas, el derrumbe del comunismo soviético no despejó el camino para una consideración razonada del marxismo como teoría y práctica, ni facilitó el crecimiento de movimientos marxistas autónomos. Como consecuencia, en el debate ideológico muchos académicos y activistas políticos ven al marxismo como una ideología añeja, cuyo tiempo pasó.

¿Fin de la historia?
Para algunos escritores, el derrumbe del stalinismo significó el triunfo a escala mundial de la democracia liberal, el “fin de la historia”. En esta visión, las revoluciones comunistas fueron un desvío de la historia en su marcha hacia el capitalismo democrático liberal. Para otros, las revoluciones comunistas fueron la mano oculta de las revoluciones burguesas, despejando escombros precapitalistas de las sociedades y preparando el camino para una nueva y más vital etapa del desarrollo del capitalismo. El argumento del “fin de la historia” fracasa al ver al liberal–capitalismo como un sistema social históricamente específico, con su propia morfología, su ascenso, maduración, declinación y transformación. Periódicas rupturas de las sociedades capitalistas, violentas intrusiones en Estados más débiles, permanente expansión y subordinación de las economías vulnerables, desvío de recursos y empobrecimiento de las sociedades domésticas en nombre del liderazgo mundial, han ido acompañados de inmensas y destructivas guerras que se convirtieron a veces en revoluciones anticapitalistas. Algunas fueron posteriormente derrotadas y revertidas. En suma, no hay bases históricas —pasadas o presentes— que permitan sostener el “progreso lineal” hacia “mercados libres” y “sociedades democráticas”. La declinación del comunismo no ha sido producida por una clase social capitalista ni ha emergido de ella una sociedad democrática capitalista o una economía liberal. El derrumbe del comunismo fue, sobre todo, el producto de la élite burocrática imbuida de la ideología del capitalismo, pero sin lazos históricos con éste, su desarrollo o sus mercados. La más cercana aproximación a una clase capitalista autóctona fueron los contrabandistas, a través de redes que operaban en los resquicios del sistema de planificación estatal. La consecuencia de la restauración capitalista por una clase no capitalista ha sido el injerto de políticas y prácticas sobre una sociedad sin disponer de los agentes sociales adecuados para ponerla en práctica. En lugar de una clase capitalista local surgió un grupo de intermediarios de los capitalistas occidentales, por un lado y, por otro, creció una poderosa capa de delincuentes que saquearon los recursos públicos y se llevaron al exterior préstamos de bancos extranjeros sin desarrollar las fuerzas productivas. El deterioro de las sociedades postcomunistas se advierte en el amplio desempleo, el crimen, la prostitución y el descenso agudo de la producción y el consumo. Un proceso que ha ido aparejado con el aumento de gobiernos autoritarios y el dictado foráneo de políticas económicas.

Contrariamente al escenario del “fin de la historia”, muchas sociedades postcomunistas han involucionado en el plano social y cultural: han vuelto enfermedades propias del siglo XIX, de nuevo están en vigencia las prohibiciones al aborto, el pauperismo entre los jubilados se ha convertido en norma; científicos altamente calificados están desempleados o deben trabajar por salarios miserables. El resultado de lo que se muestra como el triunfo definitivo de la democracia liberal y el capitalismo sobre el comunismo es, en realidad, la desintegración de la Nación-Estado en cada vez más pequeñas guerras étnicas en múltiples enclaves, el descenso de la calidad de vida y la destrucción de los sistemas productivos. Antes de ver el derrocamiento del comunismo como una revolución burguesa que despeja el camino para el avance del capitalismo, es empíricamente más correcto (al menos en la ex URSS y el Este de Europa) apreciar el ascenso de los regímenes poscomunistas como una regresión histórica, quizá como un desvío temporal que preceda a nuevas y revitalizadas formas de colectivismo democrático.

Las críticas marxistas al comunismo
Si podemos por un momento resistir la moda del “posmarxismo” y somos capaces de identificar las categorías analíticas esenciales del marxismo, veremos cómo ellas son útiles frente a las tendencias estructurales de largo plazo del capitalismo contemporáneo. El punto es que es el marxismo —y no la economía neoclásica o la política liberal— la concepción que tiene mayor relevancia para la comprensión de los cambios estructurales en marcha. Incluso la evolución, crisis y derrumbe del stalinismo fue más brillantemente analizada y anticipada por pensadores que usaban categorías marxistas. Fue Rosa Luxemburgo quien percibió las tendencias autoritarias implícitas en la estructura del partido bolchevique. León Trotsky identificó el nuevo aparato del Estado como un estrato socio–político distinto que se apropiaba del plusvalor de la clase trabajadora, a despecho de las normas igualitarias, contradiciendo los orígenes revolucionarios del régimen. El historiador marxista Isaac Deutscher discutió la posibilidad de una evolución que llevara a una restauración capitalista. El filósofo Herbert Marcuse refutó críticamente los postulados soviéticos que pretendían hacerse parte de la tradición ideológica marxista. El método dialéctico marxista, el uso del análisis de clase, la aplicación de la noción de contradicciones de clase y la concepción acerca de la naturaleza del Estado, fueron esenciales para comprender las crisis del sistema stalinista y la restauración del capitalismo.

La relevancia del marxismo
Hoy, el marxismo ofrece la perspectiva más útil para entender a cabalidad los cambios estructurales que tienen lugar en la economía mundial. Sin embargo, los teóricos marxistas deben asumir los grandes cambios producidos en el último cuarto de siglo en las estructuras de clase, las tecnologías, las relaciones entre Estado y sociedad civil. De otro modo, su instrumental conceptual se convertirá en irrelevante para el análisis del mundo contemporáneo y el diseño de una alternativa convincente y viable. Los mayores procesos de cambio se comprenden mejor a través de la concepción marxista. Una relación de los procesos ilustra lo que decimos:

  1. La concentración y centralización del capital en el interior de los países y a escala regional. Las fusiones y tomas de control que acompañan el crecimiento de las corporaciones demuestran la vigencia de esta “ley del capitalismo” usada en los análisis marxistas.
  2. La intensificación y extensión de la explotación acompañan la expansión capitalista y la competencia. El descenso del ingreso, la eliminación de las garantías de salud y previsión, de las vacaciones y otros beneficios van aparejados a la extensión del tiempo de trabajo y del incremento de la productividad, lo que comprueba también la relevancia del enfoque marxista.
  3.  El crecimiento de las desigualdades de clase y polarización social. En Europa, Estados Unidos, América Latina y Asia, las políticas de “libre mercado” han roto las redes de protección social y provocan mayor concentración de la riqueza y aumento del subproletariado.
  4. Mayor competencia intercapitalista. Las guerras comerciales y la formación de bloques rivales entre los principales países capitalistas y la reaparición de las rivalidades imperialistas socavan las nociones neoclásicas sobre la armonía de las relaciones de mercado.
  5. Tendencia hacia la crisis y la estagnación. Con la declinación de las economías de guerra y la ausencia de grandes innovaciones capaces de estimular la recuperación y el crecimiento, el aumento de las deudas y los déficits fiscales, la creciente productividad y la disminución de la base consumidora, las tendencias inherentes del sistema hacia la crisis avanzan viento en popa.
  6. El imperialismo es el factor dominante en la definición entre Estados capitalistas desarrollados y los menos avanzados. La subordinación de Europa Oriental y la ex URSS a los intereses de Estados Unidos y Europa Occidental se evidencia en el pillaje que sufren sus economías. Así también la penetración y subordinación del mercado chino a Japón, Hong Kong y Taiwán, demuestran que la fuerza motriz de nuestra época es la expansión global del imperialismo.
  7. La lucha de c ases es e motor de la h stor a. Las palabras más importantes en el discurso político actual son “competitividad” y “flexibilidad laboral”. Ambas describen el conjunto de relaciones entre capital y trabajo. Durante los últimos dos decenios, los capitalistas y sus representantes en el Estado emprendieron una virulenta guerra para convertir a los trabajadores permanentes en temporales; para cambiar las reglas del trabajo y —lo más importante— para asumir el control absoluto de las condiciones laborales. La mínima respuesta dada por las organizaciones sindicales a esta ofensiva de clase no oscurece la esencia del proceso: una lucha en que la clase dominante impone su poder y sus prerrogativas sobre otra y establece unilateralmente los términos de la producción y reproducción.
  8. Naturaleza de clase del Estado. La principal orientación de la política del Estado ha sido facilitar los grandes cambios en el proceso económico bajo la dirección capitalista. La “reestructuración” de los trabajadores ha sido promovida por las políticas de Estado que debilitan los sindicatos. Los movimientos del capital han sido subsidiados por políticas tributarias; la concentración del capital por la “desregulación”; se ha permitido la “transferencia” de las pérdidas del sector privado al sector público. Los mayores cambios en el ingreso, basados en el poder del Estado que interviene en favor del capital, ha reducido la función “legitimadora” de éste a una actividad menor. El Estado no es ya un ente autónomo que media entre las clases. Sus decisiones importantes se entienden mejor en función de su carácter de clase. En suma, la dirección del cambio, la dinámica de las relaciones Estado-sociedad civil, el proceso de expansión internacional, la estructura del mercado y las emergentes formas de organización de los principales actores socioeconómicos pueden ser comprendidos más adecuadamente con la óptica del marxismo. En la libre competencia de las ideas, los conceptos clave del marxismo han demostrado su validez por encima y contra los paradigmas liberales neoclásicos.

Los desafíos para el marxismo
Grandes cambios se produjeron en las últimas dos décadas en la estructura de clases, en los procesos productivos, en las relaciones laborales, en la aplicación de la tecnología, en la organización y estructura del capital, en la ideología y organización de clase, en la familia y la organización de las ciudades y en la organización del poder en la política económica global.

  1. En los países capitalistas avanzados y en grandes regiones de Europa Oriental, América Latina, la ex URSS y África, los trabajadores asalariados estables y los inversionistas de capital a largo plazo, son una minoría que disminuye. Hay cambios significativos en la “fuerza de trabajo” postindustrial. En los países avanzados aumenta el número de asalariados —trabajadores y profesionales— que trabajan por bajos salarios en actividades temporales bajo “contrato” o en los servicios. La alta tecnología permite que la producción y/o la distribución sean hechas por trabajadores mal pagados y “mantenidas” y “dirigidas” por una delgada capa de bien pagados trabajadores estables, ejecutivos y operarios. En el Tercer Mundo, una masa de mal pagados “autoempleados” trabajadores de servicios opera como distribuidora de mercaderías baratas y están disponibles para trabajos rotativos productivos temporales por bajos salarios. La “proletarización” del trabajo ha avanzado a tal grado que ha creado su contrario, en una fuerza de trabajo sobrante desproletarizada.2. El “fortalecimiento” de la Nación–Estado como instrumento para la expansión internacional del capital produce la erosión de la economía nacional que sustenta las actividades internacionales del capital y el Estado. La desviación de recursos — estatales y privados— a los “mercados globales” provoca la crisis fiscal de los Estados y masivas reducciones de salarios y gastos sociales. La competencia global aumenta el deterioro de las sociedades domésticas.
  2. La disminución de los salarios de los hombres ha producido la entrada masiva de las mujeres al mundo laboral para evitar la miseria. La expansión de la producción de alimentos, ropa y artículos electrónicos en áreas de bajos salarios del Tercer Mundo y su importación al Primer Mundo proporciona una oferta de bienes baratos que “compensa” los salarios bajos. Los mal pagados trabajadores occidentales pueden consumir mercancías a pesar de la reducción de sus ingresos debido al bajo precio de los productos importados y a las facilidades del crédito.
  3. Con el tiempo, sin embargo, las importaciones de bajo costo están desplazando la producción de los trabajadores de bajos salarios y limitan su acceso a bienes y servicios.
  4. En Estados Unidos, los cambios en el proceso productivo no solamente han desplazado a trabajadores blancos y negros, sino que también afectaron significativamente a profesionales asalariados, empleados y técnicos. La declinación de la clase media queda en evidencia por la erosión de los empleos estables y bien pagados, por la disminución de los beneficios sociales y de salud y el surgimiento de contratos temporales entre profesionales, ejecutivos y otros.
  5. El derrumbe del stalinismo y la transformación de la socialdemocracia en un vehículo del neoliberalismo, ha socavado un tradicional punto de referencia para las clases trabajadoras y las políticas del “bienestar”. La aparición de voceros ex comunistas y ex social–demócratas, actuando en favor del neoliberalismo, ha dado mayor “autoridad” a la idea de que “no hay alternativa” frente al capitalismo de “libre mercado”. Los dramáticos cambios ideológicos y la pérdida de credibilidad de los anteriores planteamientos comunistas y socialdemócratas, imponen nuevos discursos ideológicos.
  6. Los movimientos internacionales del capital han drenado sus rentas a la Nación–Estado y obligado a rebajar salarios, generando así crisis fiscales. El crecimiento de los déficits fiscales, a su turno, se convierte en pretexto para la reducción o eliminación del “gasto social”. El trabajo “sobrante” en la economía de la alta tecnología y la reindustrialización se han convertido en incentivos para la disminución de los gastos en educación, salud y vivienda.
  7. La reorganización del trabajo ha transformado enormemente las relaciones entre capital y trabajo. El capital está eliminando múltiples capas de gestión y administración entre los máximos ejecutivos y los trabajadores de producción para abaratar costos. Los restantes administradores, jefes e ingenieros, pasan a formar parte de la fuerza laboral en las líneas en el taller o la base de producción. Las diferencias de ingreso, poder y prerrogativas se mantienen pero la jerarquía de la producción ha sido transformada y los jefes directos están más integrados al lugar de trabajo. El proceso de trabajo se está moviendodesde la directa supervisión sobre el trabajo a mayor autonomía del trabajo en el diseño y ejecución del producto total. Está claro que las empresas modernas funcionan con menos intervención directa de los capitalistas. La extensión lógica de la autonomía del trabajador, desde la base de la producción hacia arriba, es un argumento poderoso para el socialismo autogestionario. La racionalización capitalista del proceso productivo hacia una mayor autonomía del trabajador, contiene la semilla de su propia superación.
  8. La nueva tecnología y los sistemas de información han transformado las relaciones laborales. Las redes electrónicas y los sistemas de información extienden y amplían el panorama e incrementan la velocidad de los movimientos especulativos a escala del capital financiero en el mundo. Los sistemas de alta tecnología de información en el contexto de ascenso del capital financiero, inmobiliario y de seguros suministran más salidas para la rápida transferencia de capital fuera del área del empleo productivo y acicatean la desindustrialización de la fuerza de trabajo y el crecimiento de los ricos banqueros inversionistas y de los mal pagados trabajadores de servicios.
  9. El masivo ingreso de mujeres a la fuerza de trabajo, en un tiempo en que los salarios están declinando, aumenta los conflictos en la familia y hace más lenta la redefinición del contenido de las agendas sociopolíticas de la clase trabajadora.
  10. Los monopolios industriales de alta tecnología son extremadamente vulnerables a crisis severas. Las industrias cuya alta tecnología ha sido diseñada para producir bienes muy especializados son blanco de las exigencias políticas del comprador y del envejecimientode sus productos. La inadaptabilidad de la alta tecnología a nuevos productos destinados al mercado puede conducir a derrumbe de firmas completas y a la obsolescencia de su elaborado instrumental tecnológico.

Algunas conclusiones
El significado político de estas inmensas transformaciones es claro. Las viejas relaciones de clase entre el capital industrial y un proletariado industrial estable ya no definen las “relaciones básicas” en la sociedad. El crecimiento de los trabajos temporales y las masivas reducciones de personal de las corporaciones y los programas subsidiados por el Estado, no pueden ser encarados por un minoritario movimiento sindical, menos en la mesa de negociaciones. Las transformaciones han alterado profundamente el contexto y el contenido de la lucha de clases. Ignorar estos cambios condenaría al marxismo a la irrelevancia.

La aguda distinción entre Estado y sociedad civil ya no existe. El capital vive de la explotación del Estado (y de la masa de trabajadores que pagan impuestos). El problema fundamental reside en el carácter de clase del Estado y hacia allá deben apuntar los movimientos sociales.

Los teóricos de la “identidad política”, los posmodernistas culturales y los que postulan una ideología antiestatista en nombre de la sociedad civil, deben ser rechazados. El Estado debe ser visto como una palanca y factor de la mayor importancia para el cambio. Este punto devista tiene que ir acompañado de una visión que minimice la burocracia y maximice la distribución de los recursos dentro de la sociedad civil.

La “economía nacional” debe ser el punto de partida para cualquier enfrentamiento político con el proceso de internacionalización del capital. La retórica de la globalización (“competencia global”, “mercado mundial”) que sirve para reducir el nivel de los salarios hacia los niveles internacionales más bajos, mientras estimula la importación de bienes producidos con bajos salarios, debe ser enfrentada con una estrategia de bloqueo a la desviación de las ganancias locales hacia el exterior. Medidas que vayan desde el control del capital hasta directamente su expropiación, deben ser el núcleo central para la reconstrucción de un movimiento laboral capaz de luchar en condiciones adecuadas. Los lazos de solidaridad internacional entre los trabajadores deben ser capaces de romper las murallas del proteccionismo para homogenizar efectivamente las condiciones del trabajo —hacia arriba— y contrarrestar así la “internacionalización” del capital. Los cambios tecnológicos requieren de nuevos instrumentos sociales para reorientar su aplicación: su campo y su impacto. El crecimiento del trabajo autónomo debe extender la aplicación de tecnología, reduciendo el tiempo de trabajo e incrementando el empleo.

La feminización del trabajo requiere de una revolución cultural y social en los movimientos laborales y feministas. Su objetivo debe ser la ampliación de una plataforma social que incorpore cambios presupuestarios en gran escala para prestaciones familiares. Hay que respetar las lealtades tradicionales y la solidaridad en el nivel primario y personal. El marxismo debe incluir la tradición y la revolución, el nacionalismo y el internacionalismo, la solidaridad de clase y la intimidad individual, como elementos esenciales para configurar una nueva política que sea relevante.

Notas

[1] Estagnación o declinación absoluta que ha afectado a todos los contingentes y a los principales países capitalistas durante casi una década, mientras profundas depresiones son la pauta en los países comunistas, América Latina y en África.
[2] Jorge Castañeda. La utopía desarmada. Buenos Aires: Ariel, 1993.

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